Al día siguiente, pude comprobar que la cinta estaba aún ahí. Fui a la casa por mi caja de herramientas, un taladro por si había que asegurar algo con tornillos, y mi lámpara por si en algún momento había que asomarme a una zona donde no llegara la luz. Igualmente mi insecticida y veneno para ratas.
Regresé como a las diez u once. Quité la cinta y con ayuda del martillo, empecé a darle pequeños golpes en la orilla de aquella pared de tablaroca, o lo que creía era tablaroca. Poco a poco se fué aflojando, hasta que se separó. En efecto, se veía que era un cartón comprimido o algo así, que cubría desde lo alto del techo hasta el suelo, pero solo media unos 60 centímetros, por lo que la parte que quedaba internamente pegada al closet era de unos cinco centímetros por lo menos. Esto me extrañó, ya que si era tan ancho, no sería fácil para un roedor rascar el yeso que yo había colocado cinco centímetros más allá. Dado que quedaba atorada ya que estaba a presión, decidí darle un fuerte golpe. La pared posterior no distaría de diez o veinte centímetros, por lo que quedaría recargada en ella, yo rociaría el insecticida y veneno, volviendo a colocar la pared tras de ello.
Es increíble como las ideas preconcebidas nos hacen suponer cosas que damos como un hecho. Le golpee lo suficientemente fuerte como para aflojarla, pero la pared no se detuvo al poco rato. Siguió cayendo y cayendo, hasta detenerse en una pared que estaba más de metro y medio detrás, haciendo un ruido metálico unos momentos antes.
Quedó aquella pared de tablaroca detenida por aquella pared, formando un ángulo. A mano izquierda se abría lo que parecía ser un espacio de dos por dos centímetros, totalmente oscuro, por el que una escalera de metal descendía desde lo que era mi cuarto hasta no se donde.
Si bien en un inicio esto me sorprendió un poco, recordé que en muchas ocasiones la gente tiende a ocultar cosas que no le sirven. Si aquellos departamentos antes eran un conjunto de ellos, o los separaron, era muy probable que algún maestro de obra, tan solo para ahorrarse un dinero o porque simplemente no lo vieron conveniente, habrían cerrado la escalera de servicio. Una pared y aquello quedaba oculto. De cualquier manera no se volvería a usar.
Si bien el olor era de humedad, no era del todo desagradable. Se notaba que había en ocasiones aire circulando por ahi. Tomé la lámpara del buró y la acerqué lo más posible a la abertura a fin de iluminar lo más posible, prendí la luz del cuarto y con la lámpara de mano bajé a investigar. ¿A qué tendría miedo? ¿A una escalera vacía?
Sortee la pared de tablaroca que me estorbaba un poco el paso y con paso algo cuidadoso empecé a bajar las escaleras. Hacían un ruido bastante molesto, aunque no tan fuerte para algo que no había sido usado en mucho tiempo. Poco a poco se fué apagando la luz que venía desde mi cuarto, y a lo largo de los escalones pude ver como aquel parche de pared de tablaroca se repetía. Ya cerca de lo que sería la planta baja, pude ver un resquicio de luz de día que se asomaba de una puerta. Había dado con la salida al patio interior. O eso supuse.
Tags: cuento, ficción, gorgoroth, oculto, patio interior, terror



No comments
Comments feed for this article
Trackback link: http://blog.alejandro.ceballos.info/wp-trackback.php?p=1074